- ¿Cómo lo sabes?
- Si existiera no permitiría que un ángel como tu andara fuera del paraíso.
- No soy un ángel.
- Si, si lo eres. Un ángel caído.
- No, no lo soy. No tengo alas.
- Él te las arrancó. Después de todo quizás si exista.
- ¿Por qué debía de arrancarle las alas a un ángel?
- Por envidia
- ¿Dios, envidia? Eso no puede ser.
- Si. Quizás no pudo soportar que nuestro amor fuera lo más grande de su creación. Más grande aún que su bondad, más que su justicia, más que el universo. En el principio de los tiempos, en un arranque de soberbia, arrancándote las alas para que a mi encuentro no pudieras volar, del cielo te expulso. Entonces nos alejo separando las tierras por los mares. Perdiéndonos en la noche de los tiempos. Por ello en todas las épocas hubo extraordinarias historias de amor, magnificas parejas de amantes. Porque cada vez que volvíamos a nacer, como polos que se atraen, una y otra vez nos volvíamos a encontrar. Ni serpientes, ni diluvios, ni plagas, ni cataclismos, ni si quiera guerras, ni castigos divinos evitaron nuestro amor, que generación tras generación volviera a florecer. Solo la muerte puede apagar tanta pasión, no más que un punto y seguido, pues como en la primavera estalla la vida tras el invierno, así renace nuestro amor más allá del valle de las sombras cruzando victorioso tan siniestra frontera.
- Que cruel es la vida. Que cruel es dios que destruye su propia obra si crece en hermosura y amor superando su propia naturaleza.
- No sufras amada mía, sobreviviremos a esta calamidad que es la vida que nos dio, gracias a nuestro amor que más allá de la muerte nos reunirá de nuevo. Quizás un día, aburrido dios se olvide de nosotros. Y así una eternidad nos amaremos sin más pestes ni guerras, amor. Solo amor en estado puro.