martes, 10 de abril de 2007

Tú seguías allí

Aquella mañana al abrir los ojos, aún estabas allí, junto a mi. Dejé transcurrir unos minutos mirándote, disfrutando de tu rostro dormido. Cerré los ojos. Pedí a los dioses que no fuera un sueño, que al volver a abrir los ojos siguieras allí, a mi lado. Me armé de valor, enterré mi cobardía, desterré el miedo a la soledad y abrí los ojos nuevamente. Tú seguías allí, junto a mi, dormida, ajena a la lucha que tan solo hacia unos instantes mantuve con mis temores. Volví a deleitarme con tu contemplación durante unos minutos más. Tras aquel tiempo detenido en el que solo existías tú, me levante con la precaución del que camina entre un mar de pompas de jabón, evitando reventar alguna. Me lancé a la preparación del desayuno como si se tratara de un ritual, de una ofrenda para una diosa. Zumo de naranja natural, exprimido por mis manos, símbolo del jugo de la vida que aun me queda por vivir, aromático café recién hecho como aroma desprende mi amor por ti, rebanadas de pan tostado al calor de mi corazón, mermelada dulce como tu voz, como las palabras con las que te despertaré. Concluido el ritual, dispuesta la mesa a modo de altar, me acerque con paso ceremonial al dormitorio, aún con el temor de que te hubieras esfumado como un espejismo al tocarlo. Seguías allí, placidamente dormida. Me aproximé a ti con devoción y bese tus labios apenas con un roce de los míos. –Buenos días amor – Abriste los ojos, que hablaron por ti, una sonrisa se esculpió en tu boca – Buenos días vida. -  Mientras te desperezabas suavemente me abrazaste, y nos besamos con pasión. En aquel momento supe que no te esfumarías más de mi vida. En aquel momento también supe que cuando un sueño se hace realidad, la realidad se puede romper como un sueño, cuidaré de no romper la realidad y viviré mi sueño.

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