miércoles, 27 de octubre de 2010

La estupidez y la relatividad

En una ocasión Einstein dijo: Solo conozco dos cosas infinitas. El universo y la estupidez humana, y de la primera no estoy seguro.
Ante esta afirmación sobre la estupidez me asalta una vicisitud. ¿Se refiere Einstein a que la calidad de la estupidez humana es tal que no conoce límites? O por el contrario ¿la cantidad de estúpidos que podemos encontrar por el mundo y la progresión de su número en el tiempo, sumando sus grados de idiocia arrojan una resultante insondable?
Olvidemos la primera premisa de momento, ya que la constante superación de los “Estupidus Magnificus” convierte en estériles cualquier intento de medición que nos permita establecer un baremo de estupidez.
Cierto es que si reflexionamos sobre nuestro ámbito social y familiar, ya sea en círculos lúdico-festivos o laborales, seguro que encontramos más de un ejemplar de estúpido indistintamente a tiempo parcial o total. Curiosamente la proporción de estúpidos por metro cuadrado crece alarmantemente cuanto más importante es la concentración de individuos. Podríamos pensar que el estúpido posee una tendencia intrínseca a agruparse (Dios los cría y ellos se juntan). En realidad el motivo es otro. El estúpido por costumbre siente un deseo irrefrenable de seguir al abanderado. Llegados a este punto se produce un fenómeno curioso, que a primera vista pudiera presentarse como un comportamiento contra natura del estúpido y que provocaría la duda a la hora de reconocer al ejemplar como tal. Estamos hablando de “la rebelión del estúpido”. Esta consiste en que en un momento indeterminado el individuo reconoce la estupidez en los demás miembros de la manada, sin llegar a atisbar un ápice en él mismo. Esta última es una propiedad característica del estúpido (Ver la paja en ojo ajeno sin ver la viga en el propio) En ese momento decide convertirse en abanderado, pero claro su propia idiosincrasia le obliga a enarbolar un estandarte claramente impregnado por el hecho diferencial de su propia estupidez. Es decir cuánto más surrealista y estúpida sea la naturaleza de la propuesta que abandera, más adeptos y con más ahínco la seguirán.
No se sabe a ciencia cierta que desencadena este fenómeno. Algunas teorías lo achacan a la concentración alrededor del estúpido rebelde de otro tipo específico de estúpido: “el pelota” o “adlátere”. En cualquier caso si la concentración de “pelotas” junto a un estúpido causara el abanderamiento de este último, se desconoce si es un individuo escogido al azar o por alguna razón. Se nos antoja que es elegido al azar porque en el mejor de los casos, otorgando la capacidad de razonamiento lógico a los estúpidos la el motivo de la elección sería igualmente estúpido, lógicamente.
La misión del “pelota o adlátere” es comerle la oreja al abanderado, decirle lo bonito e inteligente que es y animarle constantemente a seguir diciendo estupideces a la vez que se cantan las estúpidas virtudes del abanderado entre los demás individuos del rebaño. También sofoca cualquier amago de raciocinio con descalificaciones, no sea que a alguien le dé por pensar y se vuelva inteligente. Se trata de un mecanismo de defensa para preservar la estupidez como virtud. De este modo se evita que el abanderado piense, no lo necesita, pues al verse rodeado de tanto estúpido (el estúpido siempre piensa que los demás son más estúpidos que él) no se siente amenazado. Curiosamente el mayor peligro para un estúpido es él mismo, suelen perecer ahogados en su propia estupidez.
Llegado este fatal extremo “Los adláteres” pueden actuar de dos maneras.
1ª volviéndose a agrupar alrededor de otro ejemplar, ni más ni menos bonito ni alto, simplemente diferente, pero igual de estúpido.
2ª Tomado uno de los “pelotas” el relevo creyéndose lo suficientemente especial como para enarbolar la bandera. Es como si una rémora a la muerte del tiburón anfitrión se creyese que es un tiburón, entonces seria un pez payaso. Porque hay que ser payaso para creerte un depredador siendo un carroñero. De aquí la definición de “estúpido payaso” Se reconoce a este último porque al final se queda más solo que la una, agitando ridículamente la bandera de la estupidez y encima se cree que lo hace bien.
A alguien esta disertación le puede parecer una estupidez, pero antes de emitir tal juicio de valor, ha de saber que la idiocia está reconocida en textos legales como atenuante, por tanto se reconoce legalmente su entidad. Sin embargo quizás debiera considerarse un agravante ya que algunos estúpidos lo son con alevosía. A continuación tres tipo de menor a mayor.
-“Estúpido tradicional” Es aquel que apoya su estupidez en que las cosas siempre han sido así. Me pregunto: ¿Así? ¿Así de estúpidas?
-“Estúpido de larga duración” Suele comenzar todas su disertaciones con “Porque YO……” y terminarlas con “…..me avalan más de 15 años de experiencia” Joder más de 15 años haciendo las mismas estupideces. Claro que es como un enfermo en coma, el día menos pensado abre los ojos y sale de la estupidez. Eso si un poco agilipollado.
-“Estupidus Magnificus” Habla como si supiera lo que dice. Dice que sabe bien de lo que habla porque su experiencia supera con creces a cualquier otra, impermeable a la innovación lleva toda la vida haciendo lo mismo. ¡Toda la vida haciendo el estúpido! Es el súmmum de la estupidez. Su alevosía es tan estúpida que parece querer tener el monopolio de esta. ¡Annsiiiiaa!
Ahora observémonos a nosotros mismos. Me pongo como ejemplo. No me considero estúpido. Esto no difiere en nada del los estúpidos catalogados. Si reconozco que en más de una ocasión, más de las deseadas, he cometido estupideces y bien grandes. Esto si difiere y mucho, ya que el estúpido por naturaleza nunca reconoce su propia estupidez. Imagino que muchos de vosotros os habéis identificado conmigo en este párrafo. De esto se deduce que la estupidez es un estado de enajenación mental transitoria. Por ello siempre hay estúpidos, porque cuando uno corrige su conducta otro se sumerge gozoso en la necedad. De esta manera el numero de estúpidos nunca se reduce, es más aumenta, ya que el tipo “estupidus magnificus” es un caso permanente e irreversible.
Por último no sería justo que no aclarase, que la estupidez descrita en este texto no tiene nada que ver con ninguna discapacidad o enfermedad mental diagnosticada. Hablando coloquialmente puedo estar loco o ser anormal pero no soy gilipollas, atributo este que suele ir asociado a la estupidez humana. Todo mi respeto y mi afecto para los que sin ser mejores que nadie nos consideramos simplemente diferentes.

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