Después de mi divorcio, cuando tuve que subsistir sin morir de hambre o por una intoxicación debido a que nunca había cocinado regularmente en mi vida, salvo alguna pequeña escaramuza veraniega. Me enfrenté a la ciencia culinaria con bastante pundonor no era cuestión de supervivencia, si no de dignidad. Muchos no daban un duro por mi, todos dudaban de mi capacidad para las labores domesticas. Pues bien, quizás por aquella determinación con que me arroje al ruedo a pecho descubierto sin ni siquiera un delantal o quizás por un don natural, una habilidad no adquirida de la que hacia gala, el resultado fue sorprendente. Si es cierto que he quemado alguna sartén, pero mis amigos dicen que no cocino nada mal. Y es que quizás sea un artista de la cocina, no hago nunca dos platos iguales. Me planto frente a la despensa, observo lo que tengo y comienzo a montar en mi imaginación el resultado final. Este estilo puede ser que venga influenciado por la comida cubana. Me comentaban unos amigos de este país que a la cocina en cuba se le llama el laboratorio. Debido a la escasez de suministros uno entra en la cocina y con las cuatro cosas que encuentra inventa un plato para ese día.A pesar de tan excelente resultado para un cocinero novato y a pesar de las buenas criticas cosechadas yo no me considero un cocinero ni siquiera mediocre. Había abordado los salteados, los guisos de pescado con pasta, las pasta de mil formas, las carnes a la parrilla, el pescado al horno, el pollo de diferentes formas, rebozados varios, pero.... Aún tenia una asignatura pendiente, EL COCIDO. Si el cocido madrileño con mayúsculas. Ese plato cuya receta las mujeres que pasaron por mi vida se guardaban mucho de desvelar, primero mi madre presentándolo todos los sábados a la mesa, después la que sería mi suegra, más tarde la que hoy es mi exesposa, que por cierto lo hacia maravillosamente. Pues bien, allí estaba yo solo ante la olla expres, dispuesto a demostrar que yo también era capaz y que no necesitaba a nadie para ejecutar un cocido en toda regla. No sabia como ni de que manera, si repasé alguna receta en la red pero ninguna me convencía. Así que siguiendo un pequeño esquema me dispuse a improvisar. Tomé aquel artilugio diabólico que recordaba haber visto aterrorizado escupir vapor a bocanadas cuando era pequeño y comencé a introducir ingredientes. No de cualquier manera no, en un orden estudiado, con unos márgenes entre ellos cronometrados precisamente. Utilicé aquella olla no como un cacharro de cocina, si no como un aparato de precisión tecnológica puesto al servicio del buen yantar. Cierra olla, cuece tantos minutos, abre olla, separa tal, agrega cual, cierra olla, vuelve a cocer, vuelve a abrir. Así durante todo el proceso, cada delicado paso era un ritual una ceremonia. No estaba cocinando, estaba pariendo, estaba alumbrando al mundo mi primer cocido. No como hacen muchos que comen por rutina, no. Lo hacia con cariño, con mimo. Fue como devolverle la pelota a mi madre, a mi exsuegra y sobre todo a la madre de mis hijos, lo que mejor sabia hacer ella ya no era un secreto para mi. Había acabado con el mito del cocido. Y lo mejor de todo fue ir degustándolo poco a poco en buena compañia. Esa sopa con fideos con fundamento con el sabor de jamoncito, sopa de verdad no fideos dándose un baño de agua caliente. Esos garbanzos tiernitos con el sabor de las verduras y los demás agregados carnicos.. El repollo rehogadito con ajo. El morcillo y el tocino blanquito junto al chorizo y la morcilla en su fuente. Y encima estaba bueno. Realmente soy la caña.
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