La historia es una sucesión de épocas, con sus singularidades y coincidencias, causalidades y casualidades. La historia es la suma de todas y cada una de las historias de los que comparten ese momento en un espacio común. Igualmente la historia de cada uno es la sucesión de etapas con sus peculiaridades y similitudes con las historias de los demás, interrelacionadas con las mismas. Ayer cerré una etapa de mi historia, y la cerré con un compromiso. Un compromiso más fuerte e intenso que cualquiera conocido. Porque este es un compromiso que no se ha urdido en una torre de marfil, si no en la torre herida por el rayo. Un compromiso que nada tiene que ver con ángeles, quizás con ángeles caídos. Un compromiso que no quedará en papel mojado, ya que del papel mojado nace y todo el papel que tenía que mojarse ya se mojo. Un compromiso que no se pude romper porque lo intangible no se puede quebrar. Un compromiso que no se mide por el amor, porque el amor que nos tenemos es inabarcable, por tanto incontable. Un compromiso de acero forjado en la fragua del respeto, a golpe de tolerancia sobre el yunque de la compresión. En esta fragua solo pueden saltar chispas de amor. Un compromiso en el que convergen nuestras historias. De cualquier modo la historia ya no será igual. No, no será el día del antes y después. Sin olvidar lo que fui solo será el día del ya no hay antes, solo queda después. Solo queda el camino de mañana, de mañana contigo, hasta que no quede más mañana. Quizás entonces me preocupe qué hay después de mañana. Hasta entonces, gracias Baas.
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