sábado, 17 de marzo de 2007

Desayuno en una burbuja

Cuando entré en la cafetería aquella mañana de finales de marzo, apenas me apercibí de algo levemente anormal, sutilmente diferente. Aparentemente era lo de todas las mañanas de principio de primavera, fresca, despejada, empezaban a asomar entre las azoteas de los enormes bloques de pisos de siete plantas los primeros rayos de tenue sol que le dan ese color dorado tan característico a las fachadas de ladrillo visto. En la barra del bar, los mismos clientes de todas las mañanas sacudiéndose el sueño en el café con leche en vaso y croissant. Los albañiles de piel curtida y tostada de la obra de enfrente mantienen fija la mirada en los tres rodillos de la maquina tragaperras que canta los premios con melodías polifónicas a golpe de carajillo o cortado y copa de castellana. La televisión colgada de un rincón emite el informativo matinal dando cuenta de los numerosos fallecidos en las carreteras en el ultimo fin de semana. Y los resultados ligueros imprescindibles para cualquier lunes que se precie. ¡Semana feliz, gana el Aleti, pierde el Madrid! Exclama uno de los albañiles con cuyo comentario deja claro por que luce una roída gorra rojiblanca con el escudo del glorioso apunto de desprenderse. Irónico paralelismo con la marcha de club de fútbol, “Empiezan como nunca y acaban como siempre”. 
-Buenos días, ponme un café con leche.- Me sorprende  una potente voz, al volverme hacia la puerta escruto al propietario de tan recurrente frase mientras se sienta en una de las mesas del fondo. Hombre maduro, o no tanto la incipiente alopecia y las sienes plateadas le hacen más mayor de lo que quizás sea en realidad. Lo que sí esta claro es que el corpulento hombretón de un metro noventa no es ningún chaval. El caso es que viste un chándal gris de esos cerrados tipo sudadera, y alterna su mirada entre el diario desplegado en la mesa y el ventanal que da a la calle. Se ha sentado estratégicamente, desde su posición puede ver cómodamente a los viandantes que recorren la fachada del bar, tiene justo de frente la entrada de manera que puede ver quien entra antes de ser visto y también puede ver a todo aquel que cruza por ambas calles de la esquina donde se ubica la cafetería. Según se aproxima las ocho de la mañana intercambia nerviosamente con más frecuencia su mirada entre la pagina de deportes del periódico y el ventanal, incluso a veces estira el cuello para poder ampliar el ángulo de visión sobre el cruce. Es evidente que espera a alguien. Súbitamente aparece un brillo en sus ojos que no puede ocultar, y esboza una pequeña sonrisa. Curiosamente vuelvo mis ojos hacia el lugar que ha arrancado tan espontánea reacción en el hombre tranquilo. Por un lado me sorprendo, tremenda mujer camina sensual sobre unos botines de tacón alto, por otro lado no me extraña en absoluto la emoción que la fémina despierta en el paciente caballero. Ella entra con seguridad en la cafetería, con esa seguridad que visten las hembras bonitas, sin aspavientos, con elegancia recorre el salón hasta donde se encuentra él, que ya se había levantado de su asiento para recibirla cuando ella ponía la mano en el tirador de la puerta y retira la silla del otro lado de la mesa para ofrecerla un lugar de privilegio ante sus ojos. Ella calza sus labios con una graciosa sonrisa que él corresponde haciendo más patente el esbozo anterior, vertiéndolo un poco a un lado de su boca, inmediatamente un ligerísimo temblor de labios convierten la sonrisa en un beso robado, invisible para los asistentes al ritual secreto que según le oigo a la dueña de la cafetería comentar a su hijo se viene repitiendo todas las mañanas laborales desde hace tres semanas. Después de que ella acomode su abrigo negro en la silla de al lado y tome el asiento que le ofrece su anfitrión, este se dirige de nuevo a la dueña del bar. – Ponme otro café con leche, uno solo sin azúcar y un croissant a la plancha- La señora aunque sabe de sobra lo que le va a solicitar, porque así viene haciéndolo durante tres semanas, se presta a formar parte del ritual asumiendo su papel y le deja que haga el mismo pedido cada día, aunque cuando tiene mucho publico ya tiene preparado parte del pedido pero le deja que pronuncie el discurso diario sin adelantarse.Una vez servidos los cafés que él pacientemente ha esperado para trasladarlos a la mesa, el beso invisible hace acto de presencia ante los ojos de los clientes y antes de volver a tomar asiento la besa rozando sus labios con una ternura exquisita, como si intentara besar un castillo de naipes sin derribarlo. Se miran fijamente a los ojos durante apenas un segundo, intenso como un minuto, ella comienza un parloteo nervioso y evita encontrar directamente los ojos de su interlocutor. A la boca de él vuelve la media sonrisa esta vez en tono condescendiente. Toma la barbilla de ella con sus manos, en una de ellas muestra una alianza de matrimonio con una inscripción exterior que reza “nunca más”, sin duda restos de un naufragio anterior del que partió la promesa incumplida de no volverse a enamorar.  Se miran fijamente a los ojos diciéndose en silencio – Te amaré siempre o donde has estado todo este tiempo hasta conocerte- y en un gesto imposible alargan sus cuerpos por encima de la mesa y entre aroma de café se besan apasionadamente aislados del mundo en una burbuja de amor en un mar de rutina. Nada ni nadie podía romper aquel hechizo. Charlaran animadamente, exclamaciones, risas, también susurros, intercambiaran miradas de complicidad de ternura, y besos con sabor a café y mermelada. Él alborotara cariñosamente el cabello rubio del peinado desenfadado de ella y mirara su reloj  cada vez con más frecuencia según se acercan las 09:00, hasta poner una mueca de contrariedad y esta vez será ella quien corresponderá con un gesto de condescendencia. El se levantó a saldar la cuenta mientras ella recogía los efectos de los dos que aun quedaban en la mesa. Empezó a ponerse el abrigo y él se apresuró a prestarle su ayuda a todas luces innecesaria para tal menester. Cuando se lo hubo ceñido comenzó la marcha hacia la salida con la frente alta, como la heroína que se dirige al pie de la guillotina, volvió una de sus manos hacia la espalda y con la palma hacia fuera se la ofreció a su acompañante, este la tomo y iniciando una lazada con su brazo alrededor de la cintura de ella. Así desembocaron en la calle donde se detuvieron un instante para volver a mirarse a los ojos, él la observaba con devoción  desde su alto porte, ella aupada en sus tacones lo desafiaba con su cara alzada. Fundieron sus temblorosos labios en un ultimo apasionado beso, como si pudiera ser el ultimo que se prestasen en su vida, a pesar de que a la mañana siguiente el choque de sus corazones volvería a crear la burbuja sacudida por el mar y que por hoy estaba a punto de romper. Uno de los albañiles me saca con un comentario de un empujón de la burbuja de los enamorados en la que estaba instalado de ocupa. – Vergüenza les tenia que dar, tan entraditos en años y ahí dándose el morro en plena calle o aquí dentro delante de todo el personal, manoseándose como si fueran chiquillos. – Algún cliente asiente, los menos, otros los más, miran con indiferencia al albañil y siguen tomando el café con gesto indolente. Seguro que piensan como yo -¡Qué envidia, cuanto daría yo por tener mi burbuja!

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